
El otro día entré en la tienda de Hermès del Paseo de Gracia de Barcelona, sin otro motivo que autohomenajearme (no sé si existe este concepto, pero bueno, quería concederme un regalo por méritos varios), en mi eterna e incompleta lista de deseos siempre había figurado una pieza clave de Hermès.
Estaba excitado, emocionado, ilusionado,... cualquier sentimiento superficial que pueda tener un comprador irracional lo tenía yo, aún así concentré toda mi energía para poder vocalizar a la perfección aquello que yo quería y con la misma energía me devolvieron un cubo de agua fría. Conozco las listas de espera de Hermès (esperar semanas/meses por un producto no lo inventó Apple), pero me sacó de quicio el tono irónico y maquiavélico de la dependienta que me atendió. Reproduzco el diálogo:
Yo: Aproximadamente, ¿cuánto tiempo debo esperar?, ¿estamos hablando de semanas o meses?
Ella: $&$&%% (sonido mezcla de sonrisa falsa y soberbia) Esto es Hermès, hay que esperar. (Sólo le faltó llamarme niñato)
La hubiera rociado de spray naranja, pero me supe contener y encaminé mi dignidad hacia la puerta. Una vez en la calle puede que evocara alguna maldición, pero estaba muy aturdido para recordarlo. Me recompuse y me fui a la otra tienda de Hermès (cerca del Turó Park), allí todo cambió, me atendieron de maravilla y para mi sorpresa allí estaba mi autorregalo, la persona que me atendió, me dijo en un tono amigable -completamente distinto a la pretenciosa anterior-: "Has tenido tanta suerte que podrías encender tres San Pancracios y rezar cinco Ave Marías". No lo hice, pero al llegar a casa besé la caja de regalo.
Achuchones sin espera
tipico trato pesado de las vendedoras aburridas y de mal salario
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